DESPUÉS DEL DERRUMBE
PAPARTUS
El estudio de Papartus dejó de estar intacto el día en que el techo cedió. Las vigas cayeron, las obras se desplazaron y la luz empezó a entrar por lugares nuevos. Durante un tiempo, todo quedó suspendido en esa extraña sensación que dejan los accidentes: el polvo en el aire, las cosas fuera de sitio, el espacio alterado de una forma imposible de ignorar.
Hay momentos en los que la vida obliga a detenerse, aunque uno no quiera. Momentos en los que algo se rompe, un ritmo, una rutina, una manera de habitar el tiempo y, de pronto, todo aquello que parecía avanzar de forma natural necesita volver a pensarse. No desde el drama, sino desde una especie de sacudida íntima. Como si ciertas grietas fueran necesarias para que algo vuelva a respirar.
Lo que al principio parecía únicamente un accidente abrió también un espacio de pausa y de escucha. En medio del caos reaparecieron obras de otros años, y al volver a encontrarse con ellas redescubrió que seguían conteniendo la misma energía, el mismo impulso, la misma forma de sostener el gesto. Pero ahora hablaban desde otro lugar.
Como en las intervenciones de Gordon Matta-Clark, donde los cortes en la arquitectura revelan espacios ocultos, aquí también la ruptura permitió descubrir algo que ya estaba ahí, aunque quizá todavía no había sido mirado de esa manera. No se trataba de volver atrás, ni de revisar el pasado con nostalgia, sino de entender que la propia obra también puede convertirse en un lugar de escucha.
Entonces comenzó un diálogo nuevo. Papartus volvió a acercarse a su propia obra como quien regresa a una conversación interrumpida y descubre que todavía queda algo importante por escuchar. Ritmos, tensiones y gestos que seguían vivos dentro de su pintura reaparecieron no como recuerdos, sino como una fuerza capaz de activar algo nuevo en el presente. Esta exposición nace precisamente de ahí: de ese impulso renovado que aparece cuando uno vuelve a encontrarse con lo que ha construido a lo largo del tiempo y comprende que la pintura guarda formas nuevas de avanzar.
La pintura de Papartus siempre ha tenido algo físico, casi respiratorio. Un trazo conduce al siguiente, una decisión desplaza el equilibrio de otra. Todo ocurre mientras sucede. Y quizá por eso este proyecto no habla tanto de reconstrucción como de continuidad: de la manera en que la pintura, igual que la vida, necesita atravesar ciertos quiebres para volver a ponerse en movimiento.
Como la vegetación que brota entre las grietas de un edificio en ruinas, estas obras surgen de una transformación silenciosa. No desde la destrucción, sino desde la posibilidad de que algo vuelva a crecer con más aire, más espacio y otra luz.
Laura Darriba
Comisaria de la exposición
Directora artística de JUSTMAD y SUMMA Mallorca